Archivado en: Empleo, Latinoamerica, Madrid | Etiquetas: "manifestación Primero de Mayo" Inmigrantes
“No soy inmigrado, mi padre es un obrero parado”
Los trabajadores inmigrantes sí representaron eso que decía el Ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, de que fueron “los últimos en llegar” al mercado de trabajo. En la marcha del Primero de Mayo en Madrid, los sindicatos más grandes de España, Comisiones Obreras y la Unión General de Trabajadores, les reservaron la cola de la manifestación. Las banderas de Colombia, Ecuador, Perú y Chile se vieron al final de la concentración, en manos de medio millar de extranjeros que se unieron al recorrido con consignas como “Aquí vivimos. Aquí trabajamos. Por nuestros derechos. Somos ciudadanos”.
Las últimas cifras de paro en España señalan que existe medio millón de extranjeros sin trabajo. Al hilo de esto, el secretario general de la UGT, Cándido Méndez, reconoció el incremento de inmigrantes en la manifestación y dijo que es “la consecuencia natural de la destrucción del trabajo en la construcción y los servicios”, sectores que empleaban mayoritariamente a extranjeros.
Sobre las prendas de algunos se podía ver las camisetas con los estampados rojos de la Federación Estatal de Construcción de Comisiones Obreras, como el peruano Alberto Vila, que dijo ser miembro del sindicato desde hace cinco años y que también es presidente del comité de empresa en Enyursa, la firma de construcción para la que trabaja. “Éramos como 400 empleados, trabajamos en el soterramiento de la M30 y ahora quedamos 25”, dijo para justificar su presencia en la calle este Primero de Mayo.
Vila denunció las maniobras de los empresarios en este momento de crisis. “Nos pagan con nóminas fantasmas, los contratos no sirven, todo es verbal y nos pagan por debajo de lo que establece el convenio”. Y explicó, por ejemplo, que si un oficial de construcción debe ganar 10,97 euros por hora, la paga actual no supera los 6 euros.
Las principales asociaciones de inmigrantes –Rumiñahui, Asociación América España Solidaridad y Cooperación, el Consejo de Entidades de Inmigración- convocaron también a las familias que están ahorcadas por las hipotecas. Éstas hicieron el recorrido en familia; hubo muchos niños que caminaron de la mano de sus padres y que también portaban carteles con mensajes como “no soy inmigrado, mi padre es un obrero parado”.
Fotografía: Edu León
Condenados a las filas

Si algo caracteriza a la Comisaría de Extranjería de Avenida de los Poblados, en Madrid, son las filas eternas. Ahora que derrumbaron la antigua cárcel de Carabanchel, la hilera de extranjeros que rodea la comisaría es más visible, sobre todo, a primera hora de la mañana. Las personas hacen la fila para colocar sus huellas en sus tarjetas de residencia, pero no todos van a hacer ese trámite. Otros van a solicitar un duplicado de tarjeta, notificar de un cambio de domicilio o simplemente recoger un formulario o una tasa. El problema es que los policías no tienen paciencia para informar y condenan a todos a la fila eterna.
Pero allí no acaba el calvario, la fila de la calle acaba en la entrada a al edificio de la comisaría, pero luego hay que sortear el patio, donde, por lo menos, hay cuatro colas más. Y aquella persona que iba a solicitar un duplicado de su tarjeta o recoger el impreso para pagar una tasa descubre, con rabia, que su fila era la más corta, pero perdió dos horas haciendo la fila de entrada.
Pero lo que ocurre a continuación es completamente kafkiano, pues cuando las filas del patio llegan a la puerta del edificio, adentro aparecen un sinfín de colas más y los funcionarios se niegan a dar información y ante cualquier pregunta se limitan a señalar con la mano los carteles que están colgados por las paredes. Son folios, a veces escritos a mano, que tienen flechas que apuntan al infinito. Al final, la mejor fórmula es preguntar a las personas que han llegado antes y han descifrado la fila que les toca hacer.
Es indignante que los policías y los funcionarios se limiten a arrojar a las personas a las filas y que levanten la voz cuando alguna persona, que quiere desocuparse de sus trámites pronto hace una pregunta. Esto no es por capricho, sino porque muchas veces un día perdido es un día de sueldo menos, porque aunque parezca mentira, los extranjeros no siempre disponen de esos días para asuntos personales.
Yo también fuí condenada a esas filas eternas y aproveché el tiempo para hacer la fotografía que aparece en este post. Tuve tiempo de hablar con muchas personas que me contaron que, por ejemplo, en los servicios de empleo, cuando las personas van a apuntarse al paro, recogen un número que les indica la hora de atención, de tal manera que no hay filas ni tiempo perdido.
Otros contaron que se ahorraron filas al empadronarse, porque descubrieron que se podía llamar al 010 para pedir que les enviaran los formularios a sus domicilios. Pero a la Policía le faltan ganas y seguramente recursos también, pero les sobran personas maleducadas, prepotentes, cansadas de sus turnos, y fastidiadas con la inmigración.
El vendedor de vírgenes
Para dar con el vendedor de vírgenes hay que seguir la calle de la Fe. El mercader se coloca al final de esta estrecha calle de Lavapiés, justo enfrente de la Iglesia de San Lorenzo. Vende, sin tener licencia para hacerlo, vírgenes, santos, rosarios, escapularios, manillas y demás cosas religiosas. Con dos cartones que trajeron fruta fresca al barrio y otro más alargado, que algún día guardó el armazón de una parrilla, hace su mesa y sobre ésta coloca un mantel blanco, “en señal de respeto”, dice este hombre que no quiere contrariar a Dios con su actividad comercial. Se llama Jorge Guerrón, es ecuatoriano, tiene 50 años, está en paro, y cuenta que “la crisis” le sacó a la calle.
El Domingo de Ramos, este vendedor llega a su esquina poco antes de la misa de doce y busca sus cartones-mesa en la tienda de alimentación donde los deja encargados. El servicio religioso de las doce es clave porque llegan muchos latinoamericanos que buscan sus imágenes como la virgen del Cisne, la de Caacupé, la de Urkupiña, el Divino Niño… que físicamente están en la iglesia de Lavapiés gracias a que un sacerdote viajó a Latinoamérica y trajo todas las tallas que se veneran por esas latitudes.
Con cada billete que recibe se santigua y repite para sí mismo “Dios ha de querer que salgamos de ésta”. Se confiesa católico y se jacta de saber todo acerca de las vírgenes que vende, y para probar su conocimiento cuenta la historia de una virgen ecuatoriana que es partera, y que sale por las noches a socorrer a las parturientas que la invocan.
¿Qué es lo que más se vende en este tiempo? Los escapularios, dice el ecuatoriano y explica que “la gente quiere llevar algo religioso encima”. Él mismo lleva un colgante con la imagen de San Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles. Se lo puso después de que perdiera su trabajo, el 18 de enero, hasta ese día trabajó como oficial de obra: su último encargo fue colocar remates en una piscina olímpica en la Ciudad Universitaria.
El vendedor de vírgenes se muestra optimista y confía en que la crisis pase pronto. Sujeta la estampa de Judas Tadeo de su escapulario y cruza los dedos para que Madrid sea elegida ciudad olímpica para los juegos de 2016. “Así se construirían estadios y otras instalaciones deportivas”, asegura. Pero mientras el Comité Olímpico se decide, el ecuatoriano confía en agotar todo su stock religioso en esta Semana Santa. Parece que lo logrará, porque al final de este Domingo de Ramos ha reunido 80 euros, cuatro veces más de lo que gana un domingo ordinario. Levanta los cartones-mesa satisfecho y entra a la iglesia para rezar un poco. Cuando sale, se marcha por la calle de la Fe, pero antes sonríe y deja ver el diente de oro que trajo desde Ecuador.
Fotografía Edu León
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